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Era el primer día de clases, y los pasillos de aquella escuela secundaria ya resonaban con el bullicio de los estudiantes buscando sus aulas.
El sonido de la campana anunció el comienzo del primer período, y Diego escuchó las voces afuera en el corredor. Aflojándose un poco la corbata, se levantó de su silla y puso boca abajo sobre su escritorio el libro que había estado leyendo.
Mientras miraba hacia la puerta esperando la entrada de los alumnos, Diego suspiró hondo para aparentar calma y compostura. Era su primer año como profesor de ciencias y era natural que se sintiera algo intimidado.
Un mar de ojos se coló por la puerta en un instante, y Diego se encontró de súbito con las caras adolescentes escudriñándolo a la misma vez.
Conforme los estudiantes se dirigían a sus sillas, Diego trató de disimular la confusión momentánea que le provocó el notar un par de ojos color almendra que habían atrapado en un instante su atención.
Al pasar lista se dio cuenta de que eran los ojos de Roxana Jimenez. La fecha de nacimiento al lado de su nombre indicaba que la chica apenas tenía diecisiete años y que, por consiguiente, estaba fuera de su alcance.
Aunque eran muchas las estudiantes en su clase que eran bonitas y bastante coquetas, lo que tanto le había atraído a Diego de Roxana era la sonrisa sutil que había escapado de sus labios al cruzarse sus miradas.
El rubor en las mejillas de ella le había demostrado a Diego que la atracción sin duda era mutua. Mas, sin embargo, él sabía que este era el peor momento para pensar en esas cosas.
Desde el día de hoy, Diego iba a ser el Profesor Gonzalez, y lo que menos quería era arriesgar una carrera tan prometedora.
—Buenos días y bienvenidos a su último año de secundaria—les dijo con una indiferencia fingida, mientras trataba por todos los medios de ignorar la resequedad de su garganta y los latidos acelerados de su corazón.
Para Diego era verdaderamente fenomenal la atención femenina que su buen parecer capturaba con tanta frecuencia. Al fin y al cabo, no eran del todo en vano las horas diarias que se pasaba alzando pesas en el gimnasio para esculpir con intenso sacrificio su cuerpo atlético.
Guardar las apariencias estaba en primer lugar en la lista de prioridades de Diego. Es por eso que era un muchacho distinguido, apuesto, muy bien vestido, con la piel algo bronceada, y una peculiar elegancia que no pasaba desapercibida en ninguna parte. Sus ojos profundos color canela complementaban con su pelo castaño oscuro, el cual caía de forma natural sobre su frente.
El único problema era que ahora, como profesor, Diego se iba a ver obligado a esconder muy bien sus hábitos de conquistador, ya que lo menos que le interesaba era provocar habladurías entre los alumnos, o aun peor, los maestros. Su conducta debía ser intachable ante todos.
Tragando en seco por la presión que le causaba el contemplar esta gran responsibilidad, Diego escribió su nombre y sus credenciales en el pizarrón para luego proseguir con la lección que había preparado la noche anterior: —Bien, muchachos, hoy vamos a comparar la estructura del átomo con la estructura del sistema solar. Veamos si pueden encontrar similitudes entre ambos.
Varias manos se levantaron de inmediato para ofrecer sus opiniones, pero Diego estaba tan concentrado en observar de reojo a Roxana, que todos los comentarios de los demás estudiantes sonaban como ecos incomprensibles ante sus oídos. Lo que más le intrigaba de ella era su apariencia tan dulce e ingenua.
Con sus escasos 23 años de edad, Diego ya había tenido tantas mujeres que hasta había perdido la cuenta. Tales experiencias lo habían convertido un experto en todo tipo de mujer. Se las conocía a todas como la palma de su mano. Las tímidas, las atrevidas, y las que cobraban por sus servicios.
Lo que menos le costaba en la vida era atraer mujeres, mas nunca se había imaginado que esto le sucedería precisamente con una de sus alumnas y en su primer día de trabajo. Ahora no le quedaba otro remedio que ponerse una coraza protectora de seriedad ante sus estudiantes.
—Muy bien, muy bien. ¿Alguien más?—les respondía mecánicamente a los que ofrecían sus comentarios, aunque dentro de sí, lo único que le importaba era averiguar todo lo posible sobre aquella misteriosa jovencita que se había sentado en una esquina y no participaba en la discusión.
Era un riesgo demasiado alto el que corría al darle cabida a éstos pensamientos prohibidos, pero el tipo de muchacha que el veía en Roxana era lo más irresistible para el, tímida y modesta, pero sobre todo inocente. No parecía frívola o superficial como las mujeres que normalmente se le ofrecían a Diego.
Y como si todo esto fuera poco, Roxana era delgada, con sus curvas muy bien formadas, sus cabellos lisos y negros que caían como cascadas sobre sus hombros.
Tenía una belleza hechicera, y en su rostro se reflejaba una candidez de niña cada vez que reaccionaba con risillas a los secretos que sus compañeras le susurraban al oído. Eso era algo que enloquecía a Diego. Esos labios bien formados y cejas arqueadas la hacían comparable a las legendarias actrices del cine clásico.
Fue entonces que la campana sonó, y, sin más ni más, Roxana se levantó de su pupitre, siguiendo a sus compañeras.
Con mucha discreción, Diego buscó la mirada de Roxana una última vez mientras la estampida de estudiantes se apresuraba como relámpago hacia la puerta.
—Que tengan un buen día—exclamó Diego con la esperanza de que Roxana talvez se quedara unos momentos más en su clase para hacerle alguna pregunta.
Mas la chica simplemente recogió sus libros y desapareció entre la multitud sin decir palabra.
En ese momento, Diego comprendió que su vida jamás iba a ser la misma, pues de ahora en adelante no iba a descansar hasta descubrir la manera de conquistar el corazón de Roxana.




